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sábado, 9 de noviembre de 2013

MADRUGADAS (XMV)

Dame, dolor, tiempo para la esperanza;
tregua para el alma herida;
descanso al cuerpo maltrecho.
Quita de mi memoria
el sabor amargo del silencio.

Deja, dolor, que mis biselados ojos
vean vivo y animado;
que mi rostro agarrotado retome tono;
que fluya la sonrisa y olvide
su ausencia permanente.

Toma, dolor, la ingratitud compartida
y el recelo sin sentido, tómalo.
Toma, deja, quita, dame…
Dame a mi hermana, dolor.
Dame un lucero.

13/08/1997


 

jueves, 7 de noviembre de 2013

NO ME DEJES, ANITA MARI

Las luces del barrio dejaron de brillar de repente, y el perro corrió enloquecido a esconderse bajo la cama, justo antes antes de que la ráfaga blanca del relámpago entrara por la ventana intermitentemente. El pobre animal percibió antes que nadie el comienzo de la tormenta y no dejó de temblar hasta que, de madrugada, la lluvia empezó a enderezar su trayectoria y lentamente fue cediéndole el paso a una tibia calma que acarició la mañana del domingo.

Ellas tampoco habían dormido bien, así es que aprovecharon el silencio matinal de los días festivos para dormir hasta que el olor a café y pan tostado inundó el ojo-patio y penetró por las ventanas hasta hacerse presente en su dormitorio.

Se levantaron a la vez y, como cuando eran niñas, discutieron por el uso del cuarto de baño. Su corta diferencia de edad les hizo inseparables desde niñas, y cuando se hicieron mocitas, nadie, ni el más tierno amor de sus vidas logró separarlas. Cuando cada una reorganizó sus ilusiones al margen de la otra,tuvieron la precaución de no alejarse en la distancia y como buenas vecinas compartían casi todo. Los avatares del destino dejaron viuda a Dolorcitas, que perdió a su marido en un accidente de tren, llevándose con él todos los deseos de paternidad por estrenar, mientras que Anita Mari fecundaba todos los suspiros que su hombre le regalaba en los actos de amor y sexo que compartían. Ni por esas dejó el destino de mantenerlas unidas, porque a pesar de los 8 hijos que pariera Anita Mari, ninguno estuvo en posesión de echar raíces en el pueblo, lo que empujó a las hermanas Rueda a mantenerse más unidas que nunca.  

Preparó Dolorcitas un pequeño puchero de café y unas buenas rebanadas de pan tostado mientras Anita vertía aceite de oliva y sal en un plato hondo y pelaba un diente de ajo que compartieron para frotarlo en el pan. El olor del café, lejos de "darle vida" como habitualmente, le produjo una ligera nausea que no tomó en cuenta, pero enseguida dejó caer el ajo y el cuchillo y se desplomó sobre la silla al sentir que su pecho se oprimía sin razón aparente. Dolorcitas preparó con mimo las tazas y las servilletas, y situó en su debido lugar la cucharilla y el plato con las tostadas. Siempre fue mas detallista que su hermana; quizás el hecho de no haber tenido hijos le concediera más tiempo para guardar un equilibrio entre las pequeñas cosas que alegran los sentidos. Por eso, con gesto crítico retiró de la mesa el cuchillo que su hermana dejara caer momentos atrás y se dispuso a servir el café.

Solo se escuchó un quejido y de repente el cuerpo de Anita se precipitó hacia adelante, en una caída blanda y redonda que amortiguó el pobre perro, que se había situado delante de ella, intrigado por su comportamiento. Dolores miró a su hermana como si se cuestionara su actitud y al pronto se dejó caer sobre sus rodillas, junto a ella. Puso una mano sobre su pecho, que confirmó sus temores, y con la otra acarició mecánicamente al perro, que había empezado a lloriquear presintiendo la tragedia. Lloró lentamente, casi en silencio, inmóvil, y acto seguido un grito desgarrador rompió la tranquilidad de la mañana del domingo, como si al fin hubiera alcanzado a comprender que Anita Mari, la menor de las hermanas Rueda, le había dejado sola ya para siempre.

Amalia, su hija mayor, trató de convencerla para que se fuera con ella a Tarrasa, donde 40 años atrás formó familia; le ofreció un patio interior lleno de flores y plantas para que se ocupara de ellas, y se llevaron con ellas a Canelo, un perdiguero moteado que heredó el nombre de su predecesor. No se negó. No se quejó. Solo se dejó llevar hasta que a los dos meses de despedirse de su hermana se apagó sin más y en silencio, como una mañana de domingo.

CMV, 28.10.2003